Liniers
en vía recta. Rivadavia. Avenida standard. Micro lleno
de personas llenas de todo y de algo que no sé y desconozco.
Me pregunto que será y de que estará hecho ese relleno.
Yo solo voy leyendo los nombres de las calles laterales. Si pudiera
irme de aquí. Estoy mirando a través de la ventanilla
como las luces desaparecen con tal constancia que no logro distinguir
una de las otras. De las que aparecen frente a mis ojos y se deslizan
y escapan por sobre mis costados. Debo ir muy lejos y no tengo
auto aquí con el que contar. Media hora antes y me lanzo
a caminar las quince cuadras que me quedan. Llegando en apenas
diez minutos sabré que tendré que esperar un rato
más. Observo que nadie entra. Una larga cola de gente animada
espera que le den permiso para su ingreso. Observo a dos personas
de control, una mujer y un hombre que hace enfilar a los asistentes
en doble fila y la mujer revisa bolsos y carteras femeninas. Recorre
con sus manos sus cuerpos. El hombre de control parece hacer su
trabajo menos preocupado, o en este caso, mas irresponsable para
su tipo de tarea, Pero se siente el alivio de los chicos que se
ven revisados con cierta superficialidad, mientras las mujeres
muestran sus caras de fastidio ante el ímpetu de la mujer
a cargo del control. Espero a un amigo con el que pasaré
la noche, mientras esta noche no sea larga. Luego habrá
tiempo para encontrarnos con otras personas que conocemos pero
en otro lugar. Y ya estamos bien lejos de allí. Pensamos
en que apenas termine esto, nos iremos de aquí hacia allá,
cuanto antes.
A la espera del hombre que nos hará entrar sin necesidad
de pagar. Necesidad y suerte idéntica de presenciar un
acontecimiento como éstos y no usar cuarenta pesos de tu
dieta mensual de dinero tibio que se escabulle a veces sin pensar.
Frente al sitio, logro distinguir un bar. Solo al cruzar la calle,
la angosta Avenida. Solo veo que es un bar y que tiene las paredes
pintadas de un rojo profundo. Vamos hacia allí. Pero donde
pensaba encontrar un lugar con luces de neón, unos cuantos
sillones confortables y una música tranquilizante o al
menos no tan arrebatadora, el lugar es un sitio que solo de elegante
tiene esas paredes rojas. Mas que eso, ocupa un gran lugar poblado
de sillas, un salón con pista vacía; un gran televisor
con hombres mayores tocando música y cantando. Pero esa
música no se oye. Da igual. Lo que se escucha es cuarteto,
bailanta desde los parlantes. Cumbia. Una cerveza, la primera
y última. Cruzamos de nuevo. Vemos a quien debería
darnos los tickets y nos los da. Entramos. Hay una banda tocando.
La ignoro. Caminamos hasta el fondo y desde el fondo, cruzamos
la pista enorme del lugar, repleta, oscura y humeante. Pedimos
una cerveza y minutos de espera nos hace anunciar. Los dos pensamos
que va a ser una larga noche allí. Ninguno habla de eso.
Nadie se arrepiente de entrar tan temprano. Pero lograr tener
la paciencia de presenciar como una banda telonera, y otra mas,
y otra, una banda tras otra, hacen esperar lo que vinimos a ver.
Taladra la cabeza de un modo tan certero como insolente que pensás
que cuando llegue el número, al artista que viniste a ver,
realmente estás para atrás y ya no te quedan muchas
ganas de seguir soportando.
Entrar temprano a un show y comerte las bandas teloneras, es un
verdadero despropósito. Pero hay que soportar eso valientemente.
Si no haces eso, no hay otra alternativa de echarse hacia atrás,
hacia el fondo, lo mas lejos del escenario y tratar de imaginarse
que uno está allí escuchando música funcional,
que no es de tu agrado, pero es lo que hay, a la espera de tu
fin, del porqué estás ahí, y de cómo
llegaste hacia aquí.
Mad Profesor, junto a su bajista y al baterista, comienzan una
rara especie de introducción, dentro de lo que es el reggae
o lo que antes se estaba haciendo o tratando de hacer allí,
con bandas locales del mismo género, o pretendiéndolo
ser, con once tipos arriba. Pues bien, Mad Profesor solo tiene
dos acompañantes mas que hacen sonar sus instrumentos como
dos hojas afiladas a punto de torcerte el cerebro, pero te llevan
en una ola. Pocos minutos y Lee Perry aparece en escena, sumándose
a la base ya en marcha por la banda. Se sumerge en melodías
de voz que te arrastran. De veras me fuí a un lugar cuando
tocó Close your eyes/open your eyes. Un tema brillante,
de un clima conmovedor, en la mitad del show. Un tipo tan viejo,
tanta historia cargando en sus espaldas, tanta droga en su cabeza
y mientras tanto, muestras de talento formidable y una salud impropia
de un hombre que ha pasado la barrera de los sesenta años
con todo lo que lleva a cuestas.
Hay ciertas cosas que rodean a esta especie de leyenda dentro
del género. Verdades, mitos y mentiras. Pero lo más
importante que pienso cuando lo veo, a partir de que lo oigo,
es que nadie sabe mas que él todo lo que ha vivido. Nadie
sabe su real secreto Así pasa con los que sienten lo que
viven como latigazos de los que se liberan de sus propias cadenas
y sombras cuando están frente a un escenario, sosteniéndose
solo en dos notas consecutivas, absorbiendo tu angustia y haciéndote
mover el pie. Y viendo a un viejo tan viejo que puede ser tu abuelo
si fueras negro. Y el tipo no solo trae un gran compositor y productor
como Mad, sino que trae su propia sabiduría de producciones
notables, de su propia experiencia como productor e inventor de
una música que nace en América y se convertiría
en universal y que marcaría a la cultura de una forma determinante.
Además de eso, el hombre tiene todo el aura de convertirse,
por segmentos del show, en un predicador. Y luego te sumerge de
nuevo a sus aguas, en esas mismas olas. Melodías alteradas
y una voz que solo pide que saltes, que ames, que seas bueno,
insiste con su voz ronca que ama a todos los que estamos allí,
sin conocernos y que Dios nos bendiga. Lo último que hace
es vestirse de indio y anunciar le llegada de Jesucristo. ¡No,
otra vez¡. ¿Jesucristo en la tierra de nuevo?.
¿Acaso no hemos visto nada parecido a eso?.
Ya es demasiado tarde. Deseo irme de Liniers. De Liniers a Estambul.
Tomamos el primer colectivo que nos lleva y nos separamos a mitad
de camino. La neblina, aguda, se posa ante mis ojos y humedece
mi cara. Deseo tanto volver a casa y sentirme de nuevo tranquilo.
Pero... ¿Cuándo he tenido esa sensación antes?.
¿Cuándo me he sentido tranquilo?. Tal vez nunca.
Tal vez, desee siempre volver a casa luego de tan interminable
concierto, envuelto en cientos de personas enrededor, deseando
sentir calma. Deseando solo eso. Raras veces se cumplen los deseos
¿Verdad?.
Y esta no es mas que otra situación inapropiada para tal
realización.
Que se cumpla el hecho ahora mismo, así podré dormir
algunas horas. Cosas por hacer y otro viaje fuera de donde vivo.
La muerte de Buenos Aires se refleja en cada ser vivo que veo
a las orillas de mis hombros.
Marcos Ficks
marcoszz@hotmail.com
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